Durante años has sido testigo mudo de lo que ha sucedido en esa cuadra. Ha asistido a partos de éxito y a momentos complicados donde las cosas parecían torcerse y el ternero tardaba en asomar a la vida. En la mayoría de los casos, la experiencia y la buena mano del veterinario resolvían los problemas. Tú parecía que lo sentías y en esos momentos de nervios y preocupación te escondías en el silencio, pero no apartabas los ojos de lo que sucedía.

Corrías de un lado a otro de la cuadra cuando los terneros comenzaban a tener autonomía y, sin poderlo expresar, te alegrabas cuando alguien anunciaba que alguna de aquellas vacas estaba dando una leche de una calidad extraordinaria o que a otra le había remitido una subida de la temperatura después de una noche de preocupaciones y miedos.

A tu modo has ido anotando los problemas, cuando oías que el precio de la leche jugaba a la baja o cuando escuchabas que la cuota disponible no sera suficiente para el próximo año porque había algunas vacas nuevas que se hacían necesarias para cubrir los gastos e intentar que el balance de aquella cuadra resultara positivo o cuando discutían por la factura de los piensos, que se ajustaban al alza por una teoría sobre el precio de las materias primas que nadie de tu entorno entendía.

Cuando se dice que todos los días son iguales, tú sabes que esa afirmación es una forma de hablar, que es tan solo la apreciación de una realidad diferente. Porque hay días de vientos fuertes, de sol que cae a plomo, de lluvias que todo lo inundan, de escarchas que hielan el alma, de nieblas que tardan en disiparse, de fríos que espantan, de calores apenas soportables. Días de risas abiertas, de silencios cómplices, de proyectos de futuro, de angustias por las dudas, de lágrimas de despedidas, de abrazos compartidos, de agradecimientos generosos. Y cada día en la cuadra, detrás de la rutina del ordeño, del reparto de la hierba y el pienso, de la limpieza del ganado, del repaso a cada animal, tú sabes que siempre sucede algo que no se espera.

Comienza el trabajo pronto, cuando aún se siente el amanecer del día y termina avanzada la tarde, cuando la noche ya se va haciendo presente. Porque el trabajo se rige por extraños horarios que no se modifican por la voluntad de los hombres, de esos hombres que tú conoces bien, que te cuidan, sino por las exigencias de la vida del ganado, que tiene unas reglas y unos tiempos que nadie define con precisión, pero a los que hay que responder todos los días del año. Tu mirada testifica la vida.

 

Jesús Cabezón Alonso